Francisco Moreno había quedado intrigado con las historias que le contaron los indígenas del Río Negro sobre el lago Lacar. Es probable que haya escuchado la versión por primera vez a mediados de 1874, cuando intentó sin éxito llegar a Chile remontando el río Santa Cruz. Lo cierto es que el enigma aparece con frecuencia en sus cartas (1).

Había oído decir a varios indios que en los alrededores del Lacar había un paso trasandino casi al nivel del llano, en plena cordillera. El abra era bajo al punto que no juntaba nieve y se podría cruzar en pleno invierno. Aún más fascinante, era que a través de un río que corría al poniente, las aguas del Lacar caían al Pacífico.

francisco-moreno-lago-lacar 001

El encantamiento de Moreno con el lugar creció al releer el libro de Guillermo E. Cox, Viaje en las Rejiones Septentrionales de la Patagonia (1862-1863). Ahí encontró que en un mapa rudimentario éste coloca una cadena continua de montañas rodeando el lago Lacar. Cox no sólo no hablaba de un desagüe al occidente, sino que parecía contradecirlo.

¿Eran ciertos los dichos de los índios? Moreno les quería creer. Eran de fantasear, eran mentirosos, pero no con ese tipo de cosas.

Hasta el momento ningún viajero había conseguido llegar al lago Lacar desde el Atlántico (chileno, Cox había entrado por el Nahuel desde Puerto Montt). El piloto Villarino solo alcanzó el río Collón-Curá, que remontó hasta más o menos el mismo punto que el mayor Bejarano en 1872.

Amasando estos enigmas con un poco de naturalismo y otro de patriotismo, Moreno logró convencer a la Sociedad Científica Argentina de apoyar un viaje de Este a Oeste con fines de exploración.  También seduce al General Bartolomé Mitre, quien escribe una calurosa recomendación del “joven inteligente e instruido, poseedor de una vasta biblioteca americana”, dirigida al chileno Diego Barros Arana.

En setiembre de 1875, con 23 años, Moreno emprende el viaje. Se proponía cruzar por tierra hasta Patagones, subir los valles de los ríos Negro y Limay hasta la ciudad de Valdivia en Chile. El principal interrogante era por dónde pasar la cordillera ¿por el Nahuel Huapi haciendo el camino inverso al de Cox? ¿O por el boquete del Lacar que tan fácil lo pintaban los indios?

Quería ir y ver.

Francisco Moreno en el lago Lacar

El pueblo San Martín de los Andes, fundado en febrero de 1898, no existía. Tampoco se había emplazado el fuerte Maipú, que después dio nombre a las fértiles vegas de la cuenca del Lacar. Los indios llamaban el País de las Manzanas a esa zona. Y la costa oriental del Lacar recibía el nombre de Pocahullo (lugar de las gaviotas).

Cuando Moreno alcanzó las costas del Collón-Curá (Máscara de Piedra) los indígenas no sorprenden, más bien lo estaban esperando. A Moreno le dicen que el cacique Shaihueque hacía unos días había soñado con la llegada de un cristiano con anteojos que traía cartas del Gobierno. Hijo del racionalismo de ese siglo, Moreno quedó soprendido por la visión del cacique. Poco después supo que casualmente el “sueño” había ocurrido poco después del arribo a la toldería de un chasque enviado por indios “amigos” de Patagones.

El primer parlamento de Moreno con Shaihueque y su comitiva se hace en el llano de Quem-quen-treu. Nuestro héroe busca obtener del cacique el permiso de paso a Chile. Al principio el indio parece bien predispuesto. El joven explorador le cae bien. Pero intervienen dos “taimados consejeros”, los mestizos chilenos Loncochino (secretario del Superior Consejo de las Manzanas) y un tal Valdes, quienes terminan convenciendo al jefe del peligro que había para los mapuches en que los argentinos conocieran los caminos a través de la cordillera. Tampoco lo autorizan a avanzar con su Plan B, que era cruzar desde Caleufú hasta Mendoza. Debía volver por donde había ido, y considerarse hecho.

Moreno en el Chimehuin y el Malleo

Moreno considera que esa hostilidad puede disiparse si logra convencer a algunos capitanejos de las ventajas de mantener amistad con el gobierno argentino, y decide quedarse un tiempo más, para recorrer la zona. Posterga sus intenciones de cruzar la cordillera hasta que el clima político aclare. Se instala en los toldos de Ñancucheo, sobre el río Chimehuin, frente al volcán Lanin. Queda admirado por los ejemplares de pehuenes (araucaria imbricata) que encuentra. Y asiste a un “huecururá” fiesta que los mapuches organizan en esos días para darle la bienvenida a la adultez (nubilidad) a una joven de la tribu.

Del ritual al que asiste en el sitio de Ñancucheo, a Moreno le impresiona el uso de las máscaras. “Vi la última máscara de madera que se haya usado en festejos indígenas en esas regiones, objeto etnográfico de la más alta importancia, porque demuestra la vastísima área en que se ha usado en América, desde Alaska hasta Patagonia”.

Después hace una excursión un poco más al norte, siguiendo el arroyo Malleo (“sus aguas parecen de transparente azabache a causa del negro basalto columnar de Pungechaf”) hasta el valle del río Quillen, donde le sorprende la cantidad de frutillas silvestres.

Es cuando vuelve de Quillén a la toldería que los indios de Ñancucheo que le confirman la existencia de un paso al que llaman “senda de Huahun”, a la que efectivamente describen baja, aunque rodeada de “intrincados coliguales”.

Pasa varios días dándole vueltas a la idea de pasar a Chile. “Fácil me habría sido eludir la vigilancia de mis acompañantes indígenas -escribe-, realizando así mi deseo de llegar al Pacífico por la senda de Huahun. Pero probablemente hubieran vuelto a desconfiar de las intenciones de los argentinos. Una pequeña satisfacción personal hubiera costado mucha sangre”.

Vencida la tentación decide volver al Calufú, habiendo comprobado que el Lacar no estaba rodeado de montañas por el Este como decía Cox, sino por una extensa llanura que se distinguía claramente.

En Caleufú, con la intermediación del cacique “bonachón” Quinchauala, consigue el permiso para llegar hasta el Nahuel Huapi, que le habían negado en un primer momento.

Un último detalle para este post. En las cartas a su padre y hermanos hay detalles que faltan en los textos formales que Francisco publica al llegar a Buenos Aires. Por ejemplo, que durante gran parte del viaje fue martirizado por una muela cariada. Por este tema, en Patagones, ve a un misionero inglés, un tal Humble, que tratando de extraerla a los tirones se la hizo pedazos y empeoró las cosas. “Por lo menos ahora que el agujero es grande -le escribió el 5 de diciembre a su padre- puedo curarla y con una mezcla de remedios fuertes que he combinado la paso bien”.

1) MORENO, Francisco P. Reminiscencias de Francisco P. Moreno. Recopilada por Eduardo V. Moreno. Segunda Edición, EUDEBA, Buenos Aires, 1979

Deja un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Post comment