Los lagos Falkner y Villarino se dan la mano en el tramo tal vez más pintoresco de la ruta 40, al que llamamos Camino de Los 7 lagos. Quien los haya nombrado sabía la fascinante historia que une a Tomás Falkner y Basilio Villarino. El baptizador (Francisco Moreno?) buscó afirmar un destino: sin uno, no hubiéramos sabido del otro.

Ubicado a unos 35 kilómetros al sur de San Martín de los Andes, el lago Falkner recibe las aguas del Villarino, de menor tamaño, formado un poco más arriba y al oeste, sobre la Cordillera de los Andes. Los separa un río de unos pocos metros.

Esas aguas después caen al Nuevo, un laguito chico y lindo que es una especie de apéndice oriental del Falkner. Y los tres son afluentes del lago Filo Hua-hum, que a su vez lo es del río Caleufú, y por último, como casi todas las aguas de esta zona, terminan en la seguidilla de cauces: Collón Cura, Limay, Negro.

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Si bien en el terreno el Villarino es afluente del Falkner, la historia es al revés. La vida del misionero jesuita Tomás Falkner fluyó en el tiempo para modificar la del piloto de la Armada Real, Basilio Villarino.

Y todo ocurrió, al fin de cuentas, porque antes que sacerdote, Falkner era inglés.

Falkner habla de más
Falkner nació en un hogar calvinista de la ciudad de Manchester en 1702. Estudió medicina en Edimburgo, hasta que alrededor de 1730 tomó un barco en Cádiz y desembarcó en Buenos Aires. Aquí cayó gravemente enfermo y fue salvado por los jesuitas. En agradecimiento, se comprometió en la orden, y en su doble carácter de misionero y médico emprendió una serie de viajes, muchos de ellos al sur del Virreinato.

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Tras 40 años en América, volvió a su patria y entregó a imprenta la obra Descripción de la Patagonia y de las partes contiguas de la América del Sur. Es un texto sagaz e inteligente (hay una buena traducción del original al español en este acceso) que incluyó un preciso croquis de la desembocadura del río Negro, además de bellísimas descripciones etnográficas.

Pero más que el contenido científico, lo que generó conmoción fue un párrafo en el que con cierta inocencia, y al mismo tiempo con gesto estratégico, Falkner describe lo que debería hacer una potencia, en caso de querer colonizar y luego conquistar esta parte de América.

El revolucionario párrafo

“Si alguna nación intentara poblar este país podría ocasionar un perpetuo sobresalto a los españoles, por razón de que de aquí se podrían enviar navíos al mar del sur, y destruir en él todos sus puertos antes que tal cosa o intención se supiese en España, ni aun en Buenos Aires: fuera de que se podría descubrir un camino más corto para caminar o navegar este río con barcos hasta Valdivia. Podríanse tomar también muchas tropas de indios moradores a las orillas de este río, y los más guapos de estas naciones, que se alistarían con la esperanza del pillaje; de manera que sería muy fácil el rendir la guarnición importante de Valdivia, y allanaría el paso para reducir la de Valparaíso, fortaleza menor, asegurando la posesión de estas dos plazas, la conquista del reino fértil de Chile”.

Oculto bajo la sotana del jesuita, el patriotismo inglés de Falkner despertó en la corte española el temor de que su enemiga Inglaterra tomara al pie de la letra la sagaz invitación. Así nació la expedición de Villarino. Elemento clave en la cosmovisión de Falkner, era el río Negro y su desembocadura, lugar ideal para establecer una colonia y originar la invasión.

En este otro pasaje Falkner describe el carácter crédulo de los lugareños, la moneda de cambio que podía usar el conquistador para alegrarlos con baratijas, recurso que los españoles conocían bien, y que poco después sería frugalmente utilizado por los criollos:

“Débese también considerar que los nuevos colonos podrían proveerse de ganado, como vacas, caballos, etc. En el mismo paraje, y a poca costa podríase establecer asimismo un comercio con los indios, quienes por los vidrios azules, cuentas de rosario, cascabeles de latón, sables, puntas de lanzas y hachas, cambiarían su ganado para el uso de la colonia, y aun pellizas finas para enviar a Europa; siendo tan raro navío en estos mares, que todo esto se podría hacer y mantener muchos años, sin que los españoles lo supiesen. Los españoles, por ejemplo, estuvieron establecidos largo tiempo en las islas Malvinas, antes que nación alguna de Europa tuviese noticia de ello”.

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Así España le ordena al Virrey de Buenos Aires remontar el curso del Río Negro desde el Atlántico hasta Valdivia, tal como propone el jesuita. La tarea cae en manos de Basilio Villarino, marino nacido en La Coruña en 1741, que llegó al Río de La Plata en 1773, un año antes de que Falkner diera a conocer su idea.

Villarino sueña con el Huechun-lauquen
Como buen jesuita Falkner era un estudioso. Al salvarse de la muerte abjura del calvinismo natal y toma los primeros votos de la orden en la ciudad de Córdoba, que era la sede del noviciado de la Provincia Jesuítica del Paraguay. Ahí pasó 3 años estudiando lógica, filosofía, teología y onomástica, disciplina que lo llevó a obsesionarse por la variedad de nombres que se daba a los lugares.

“El Río Negro es el mayor de Patagonia y es conocido como Segundo Desaguadero o el Desaguadero del Nahuel Huapi – escribe Falkner -. Los españoles lo llaman el Gran Río de los Sauces. Algunos indios Choelechel. Los puelches Seubucomó o el río por antonomasia. Y Curí-leubu quiere decir Río Negro que es el nombre que le dan los hullliches y pehuenches. El paraje por donde los pasan desde el primero al segundo desaguadero, Choelechel”.

Después recuerda la vez que un tehuel o cacique, hermano del viejo cacique Cangapol, le describió los afluentes del Negro sobre una mesa. “Eran como unos dieciséis ríos, pero no teniendo materiales para escribir no pude apuntarlos y se me olvidaron. De estos ríos, que entran por la parte septentrional, hay uno muy ancho y profundo, que nace de una laguna como de 12 leguas de largo y casi redonda, llamada Huechu-lauquen o laguna de límite, la cual está a dos jornadas de Valdivia. Hacia el sur del Grande o Segundo Desaguadero entran dos ríos de consideración, uno el Limay-leufu, el otro desaguadero de Nahuel Huapi o Nauvelvapy”.

Para remontar el Río Negro, a Basilio le dieron 62 hombres de los mejores, y cuatro chalupas denominadas San José, San Juan, San Francisco de Asìs y Champán. Los detalles del viaje quedan registrados en el diario del piloto, cuyo texto original puede accederse acá. Sale del recién fundado Puerto del Carmen el 28 de septiembre de 1782. El viaje es duro de principio a fin. En pocos pasajes pueden izar velas para navegar en sentido estricto, más bien Villarino y sus hombres arrastrar las chalupas río arriba, con ayuda de caballos. Tardan 58 días en llegar a isla de Choele Choel.

Hacia el norte por el Chimehuin
Preguntas por el nacimiento del río a los indios que encuentra en el camino, pero éstos se muestran recelosos y codiciosos, no comparten información más que a cuentagotas y a cambio de aguardiente. Hostilizados de mil formas por sus anfitriones del desierto, los españoles están agotados. Villarino manda una comitiva al Carmen a preguntarle al gobernador, don Francisco Viedma, si puede regresar. Le dicen que sus órdenes son cruzar a Chile, llegar a Valdivia, o al menos al nacimiento del río. El piloto debe devolver los caballos y los peones, así el grupo queda reducido a menos de la mitad. La aventura es ahora más de exploración que de conquista. El 23 de enero de 1783 llegan a la desembocadura del Neuquén en el Rio Negro.

El Neuquén los indios lo llaman Sanquel-Laufú por los juncos que crecen a su costa. (equivocadamente, Villarino cree que es el río Diamante y que no debían estar lejos de la provincia de Mendoza). Los españoles siguen el tortuoso y -es verano- poco caudaloso curso del Río Negro. Hay días que sólo avanzan 800 metros (1500 varas). Los indios menos agresivos con los que logran hablar insisten en que Valdivia está a sólo diez jornadas del Huechu-Lafquen.

El 25 de mayo, a ocho largos meses del inicio de la expedición, Villarino y sus hombres llegan al pie de los Andes. “A la confluencia de dos ríos que -escribe el piloto en su diario-, corriendo en opuestas direcciones, el uno del norte y el otro del sur, concurren a formar el Río Negro, y circuyen una isla que no tendrá menos de media legua (2.400 metros) de extensión”.

Esos ríos eran el Chimehuin y el Limay. Villarino, que sabía que su posición era al sur de Valdivia, decide tomar hacia el norte, siguiendo el Chimehuin que otra vez, equivocadamente, él llama Catapuliche (es afluente de aquel). Fiel a su cargo de piloto naval, Villarino insiste en empujar corriente arriba las chalupas, como si lo que arrastrara en realidad fuera el signo de ser un marino español. Finalmente, vencido y sin atravesar el ansiado paso a Chile, ayudado por la rápida crecida de los ríos por el principio del invierno, nuestro piloto tarda unas pocas semanas en llegar a Carmen.

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